Escrito de 

la MADRE TRINIDAD DE LA SANTA MADRE IGLESIA,

del 10 de noviembre de 1959, titulado:

«¡TENGO SED!»

Dios es la alegría por esencia, vida de la vida, amor, unión, felicidad, gozo completo…

Dios es El que se Es…, la «Fuente de la vida…», el manantial de las aguas eternas que brotan en infinitud de cataratas de ser…; principio de toda vida y razón de toda existencia…; el que tiene saciada en sí toda su felicidad infinita, que en infinitud, por sus atributos y perfecciones, se es la saciedad completa de capacidad de abarcación.

Dios se es los manantiales eternos que tiene en sí todo el «agua» refrigerante que Él se es por su mismo ser.

 

«El que tenga sed, que venga a mí y beba», dice Jesús; «Yo soy la Fuente de la vida»; «el “agua” que Yo daré salta hasta la vida eterna…»; «el que beba de mí no tendrá más sed, y el que comiere de mí no tendrá ya más hambre…».

«Pero los hombres se cavaron “cisternas”, y además “cisternas rotas”, y me dejaron a mí, que soy la Fuente de agua viva».

Y ese mismo Jesús, Verbo del Padre, «Fuente de aguas vivas», resplandor y manantial perenne del agua de la vida, canta en infinitud, eternamente, la inagotable Fuente fecunda que, como manantiales eternos, se comunican en sobreabundancia de ser las tres divinas Personas.

El Padre se está contemplando en su manantial de ser, y por infinitud y sobreabundancia de serse el Padre Fuente fecunda, engendra un Hijo que se es todo el ser divino, que, en Canción amorosa, se desborda, teniendo todas las cosas su razón de ser en el Verbo.

Dios se es la «Fuente de la vida», el manantial eterno de las infinitas perfecciones…, el eterno refrigerado en sí, por sí, y para sí en su vida hogareña y trinitaria…

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El Padre rompe con su Verbo en manantiales infinitos…; y Este, que es esos mismos manantiales, se esparce por toda la tierra en el amor unicísimo del Espíritu Santo…

Y las tres divinas Personas se tornan y retornan, como Fuente de vida, en sus manantiales inagotables y en su perfección de ser, estando infinitamente refrigerados en su intimidad unicísima y trinitaria…

Y Dios se derrama como Fuente de vida, de tal forma que todas las fuentes, todos los manantiales, los mares y los arroyuelos tienen su razón de ser en este Manantial de vida, Fuente eterna que, brotando en borbotones, salta en Expresión diciendo en su Persona, como Hijo, todo el inagotable y fecundo ser del Padre en las refrigerantes llamas del Espíritu Santo, Manantial eterno de aguas vivas e infinitas.

Tan amorosamente ama el Padre, que es «la Fuente de la vida», a toda su vida expresada en su Verbo; y el Verbo ama tan infinitamente a su Fuente, que, del amor de entre ambos, surge el amor cristalino, amoroso y suave, de dulzura indecible, que inunda, baña y penetra en sus refrigerantes llamas de amor infinito a toda la adorable Trinidad…; que, al mismo tiempo que son llamas de Yahvé, es agua viva y cristalina que penetra hasta la sustancia del alma que se pone en contacto con los eternos manantiales…

¡Qué feliz e íntimamente se ama el Padre en su Verbo y en su Espíritu Santo…! ¡Qué felices son las tres divinas Personas por sobreabundancia de vida divina que brota en manantiales infinitos de vida eterna…! ¡Qué feliz se es Dios en sí mismo…! Él se es la Fuente, el refrigerado eternamente de su misma agua, de su misma vida y de su mismo ser…

Las tres divinas Personas se son «Fuente de agua viva que salta» en manantiales del Padre al Verbo, y del Padre y del Verbo al Espíritu Santo; teniendo los Tres un mismo ser que los Tres se retornan y se comunican entre sí.

Todo el ser de Dios es común a las tres divinas Personas, y cada una de las divinas Personas tiene su felicidad y su gozo en sí y en las otras divinas Personas; siéndose las Tres eternamente refrigeradas por sí mismas y por cada una de las otras divinas Personas…

Y toda esta vida divina y toda esta Fuente infinita es la misma Deidad.

El Verbo es el eterno Manantial que, «al abrirse los manantiales de las aguas, brotó del seno del Padre en cataratas infinitas» para refrigerarnos en sus aguas eternas…

¡Ya está el Verbo cantando…! Y ¿qué cantas Tú, Verbo Infinito, Palabra del Padre, Manantial infinito de las eternas perfecciones…? ¿Qué dices Tú, que eres toda la Complacencia del Padre, y que «en Ti y por Ti fueron creadas todas las cosas»? ¿Qué cantas Tú, Verbo Encarnado, Jesús Nazareno, Cristo clavado…? ¿Qué palabra sale de tu boca, Manantial de aguas vivas? «¡Tengo sed…!».

¡Sed de almas para la gloria del Padre…! Sed de que «se llene la tierra del conocimiento de mi vida», que es la misma que la del Padre y la del Espíritu Santo, «como llenan las aguas el mar».

El que es «la Fuente de la vida», el Manantial que salta hasta la vida eterna, está gritando en un desgarro de dolor: «¡Tengo sed…!».

Jesús, y Tú ¿de qué puedes tener sed, si eres el Verbo del Padre que estás contemplando cara a cara su ser eterno…, y que no puedes vivir, por razón de tu Persona que es ser Palabra en Dios, nada más que para cantarle y manifestarle…?

Verbo mío, después de treinta y tres años de haber cantado y expresado el ser de Dios, Tú que «has venido a que tengamos vida, y vida en abundancia», estás desgarrado, y sufres y te quejas, porque después de ser «Fuente de agua viva» que te has derramado a los hombres a borbotones, «ni te conocen a Ti, ni al mismo Padre…».

Jesús tiene sed de gritar: «Dios»; tiene sed de gritar por su naturaleza humana el amor infinito que, ardiendo en el seno de la adorable Trinidad, saltó a las entrañas de María, para, desde allí, darse a la Iglesia en Canción sangrienta de amor eterno.

Todo el que quiera saciarse de esta «Fuente de agua viva» que se da a borbotones en el seno de nuestra Iglesia Madre, ánfora preciosa donde habita la plenitud de la Divinidad, que venga a Cristo, el cual se abrasa en necesidad de darse a todos los suyos:

¡«Tengo sed» de darme a conocer…! ¡«Tengo sed», Padre, de cantarte a mis hermanos!

¡Y Yo, que soy «la Fuente de la vida», estoy reseco, porque después de tantos siglos y de haber muerto en la cruz reventando por todos mis poros en sangre, veo en mi presente eterno que, después de tanto expresarte y manifestarte, mis hermanos, los hijos de los hombres, no conocen el Agua de la vida!; porque «¡ni te conocen a Ti, ni me conocen a mí!».

Y entonces mi alma se pierde en la más honda tragedia e incomprensión. «¡Busqué quien me consolara, y no lo hallé!», porque busqué quien me comprendiera, quien me recibiera, quien me escuchara, y no lo encontré…

Mi alma está sedienta en resecuras eternas y terribles por comunicarme a los míos, a aquellos que me diste, que eran tuyos, y Tú me los diste para que les diera la vida eterna…: ¡«Ni te conocen a Ti, ni me conocen a mí», ni saben de tu misterio, ni han entrado dentro de mi misión, porque los míos no entran dentro de mi secreto de amor y de mi donación infinita…!

Padre, y porque «ni te conocen a Ti», que eres «Fuente de agua viva», «ni me conocen a mí», toda mi humanidad está gritando, a pesar de ser «la Fuente de la vida», toda la tragedia que se está realizando en mi alma; porque en mi presente eterno Yo estoy viviendo todos los siglos, todos los tiempos, todas las vidas de todos los hombres, y la mayoría casi aplastante son para mí una gran ingratitud…

Sí, Padre, ¡Yo tengo sed de que todas las almas te conozcan a Ti y se llenen del «agua que salta hasta la vida eterna…»! Pero porque «ni te conocen a Ti ni a mí», me abraso de amor en el Espíritu Santo, de amor sediento, en necesidad urgente de meterlos a todos en tu seno de Padre…

Jesús desconocido, abandonado, crucificado y victimado, ¡dinos la única palabra que Tú puedes pronunciar por ser el Verbo…! ¡Pronuncia Tú en mí esa sed que te abrasaba en tus entrañas en el fuego del Espíritu Santo…! Mi alma-Iglesia necesita hoy ponerse en Ti para apercibir toda tu agua divina y así consolarte hasta aplacar tu sed.

Yo también grito: «¡Tengo sed!», en mi alma-Iglesia, a tu alma de Cristo crucificado… Yo también tengo sed de darte a las almas tan abundantemente, que, al derramarte en ellas, aplaquen su sed en tus refrigerantes aguas.

Jesús, ¡qué incomprendido te eres…! Estás entre los tuyos, entre tus Apóstoles, les estás descubriendo tus más íntimos arcanos, les estás comunicando tus secretos eternos, se están abriendo ante ellos los «manantiales de las aguas», y, sin comprenderte, andan buscando el primer lugar y el sitio de más relumbre humano… ¡Qué dolor para Ti, qué soledad y qué incomprensión! ¡Tú que te abrasabas en necesidad de hacer una cosa contigo a aquellos que querías encomendarles tu Iglesia…!

Ellos te dejan solo porque no solo «no te conocen a Ti», sino que «tampoco conocen al Padre…». Y Tú tenías sed de comunicarles y poderles cantar el secreto de la Trinidad para hacerles vivir en comunión con la Familia Divina, ya que te quedabas en la Iglesia hasta la consumación de los tiempos para darnos, por ella y en ella, todo el secreto infinito de vida eterna en Canción divina y humana… Y porque no encontrabas almas para cantarles tu Canción, la que Tú eternamente te eres por razón de tu Persona, que es ser Palabra, te abrasas de sed…

«¡Tengo sed…!». Todo tu cuerpo extenuado, sin sangre, agotado y reseco, expresa un poquitín la sed torturante que abrasaba tu alma por dar a conocer «la Fuente de agua viva».

«El ímpetu del río anega la Ciudad de Dios». Cristo es «la Ciudad de Dios»; está anegado en el ímpetu amoroso del Espíritu Santo. Él es «la Fuente del agua de la vida», y Él tiene en sí agua para todos los hombres, ¡y está reseco en sus entrañas de tanto gritarnos: «Dios», y no tener quien recoja su quejido…! Y por eso, «buscó quien le consolara, y no lo halló…».

Cristo sigue en la Eucaristía en su «tengo sed» de veinte siglos dándose a los suyos como «Fuente de agua viva…», y, aunque beben de su Sangre y comen de su Pan, ¡no se aplaca su sed!

Porque después de veinte siglos, en la falda del monte, con la voz entrecortada por el llanto y las manos alzadas, orando al Padre, sigue en un continuo lamento: «¡Tengo sed!», «porque ni te conocen a Ti, ni me conocen a mí». «¡Tengo sed!» de que te conozcan a Ti y de que me conozcan a mí como «Fuente de aguas vivas», como «manantial refrigerante que salta hasta la vida eterna…».

¡Tengo sed de que nos conozcan profunda e íntimamente a Ti y a mí, Padre, que somos el amor infinito en el Espíritu Santo…!

¡Padre!, «¿qué pude hacer por ellos que no hiciera?». ¡Tanto he querido cantarte a los hombres manifestándote a mis hermanos, que, cantando por toda mi naturaleza humana, me he quedado seco, porque, brotando toda la sangre de mis poros, se ha derramado sobre la tierra como expresión y manifestación de la Palabra fecunda que, saliendo de tu seno, se ha derramado también sobre las almas, para que nuestra vida divina las empape hasta la vida eterna!

El manto real que envuelve a la Iglesia es la Sangre del Cordero, con la que esta Santa Madre lava y embellece a todos sus hijos, haciéndoles así participantes de la vida gloriosa de la Trinidad.

Pero es necesario que escuchemos en el silencio de la oración y en la intimidad de nuestra alma a esa misma Trinidad comunicándonos su secreto infinito…

El Padre nos está diciendo dentro de nosotros su amorosa Palabra, para que escuchemos su decir y sepamos, en el amor del Espíritu Santo, de la vida del Infinito, que se quedó en la Eucaristía y puso su mansión en nuestras almas para podernos decir, en un requiebro de amor, su mismo secreto y su eterno vivir…

¡Si nos pusiéramos a la boca de la «Fuente de la vida», beberíamos «el Agua que salta hasta la vida eterna», que es el mismo Amor Infinito…!

¿Quieres calmar esa sed agonizante que, resecando las entrañas de Cristo, sale de sus labios divinos como en un grito desgarrador…? Ponte a la fuente de esa vida que Cristo ha dejado depositada en tu Iglesia Católica, Apostólica y Romana. ¿Por qué no conocemos los arcanos sabrosos, íntimos, que enjoyan a nuestra Santa Madre Iglesia?

Alma querida, si conocieras a Dios íntima y cálidamente, estarías contemplando con el Padre, con más o menos velos, la vida divina; y como fruto de tu contemplación, la cantarías con el Verbo a todos los confines de la tierra, abrasada en el fuego del Espíritu Santo, y entonces Tú serías una de las joyas preciosas que adornarían la corona real de tu Santa Madre Iglesia.

La Iglesia está contemplando en muchos de sus miembros con el Padre, está cantando con el Verbo a todos los hombres, y se está abrasando y abrasando a las almas en el fuego del Espíritu Santo.

Y eso lo está haciendo la Madre Iglesia en plenitud por sí misma y en aquellos miembros que viven su Iglesia totalmente, participando del vivir de Cristo y recibiendo el mensaje eterno que Él vino a comunicarnos.

Todo el amor de la Trinidad, en manantiales infinitos de vida eterna, se está derramando sobre el alma de Jesús de tal forma, que es el receptor de toda la Divinidad dándose en cataratas de ser amoroso a todos sus hijos los hombres.

Y ¡qué dolor para el alma del Sumo y Eterno Sacerdote, al ver que la respuesta al don infinito de la Trinidad es la incomprensión al no recibirle! Por lo que Cristo como Sacerdote, entre Dios y los hombres, está siendo Él mismo la donación infinita de Dios al hombre, y la respuesta, infinita también, del hombre a Dios.

Sacerdote de Cristo, escucha al Sumo y Eterno Sacerdote para que aprendas su Canción, apercibas su secreto y, en Él y por Él, des gloria a Dios en respuesta amorosa a su don, y vida a las almas.

Alma-Iglesia, sé en el seno de esta Santa Madre refrigerio que calme la sed del Verbo del Padre, que, dando la mayor muestra de amor a los hombres, por amor al Padre clama: «¡Tengo sed…!». Pide a Dios, «Fuente de aguas vivas», que se derrame en ti, por Cristo, como manantial de agua divina, y así tú, por ese conocimiento de Dios, te abrases en tus entrañas en el fuego amoroso del Espíritu Santo.

Yo necesito entrar dentro de Cristo para escuchar los latidos más íntimos de su corazón de Padre, y ahondarme en el misterio de la Eucaristía, donde se nos está comunicando la vida divina.

Jesús se abrasa en ansias eternas de hacernos una cosa con Él. Por nuestra injerción en Cristo somos miembros suyos, «partícipes de la vida divina», «coherederos con Él» para vivir de su misma felicidad.

Dios nos creó exclusivamente para que viviéramos de Él, para que escucháramos su conversación infinita y así pasáramos a tomar parte de la Familia Divina.

Dios se abrasa en sed de almas y para eso se encarna: para hacernos una cosa con Él.

¡Qué misterio tan terrible el de nuestra injerción en Cristo…!, el cual nos hace uno con Él, y, por Él, con el Padre y con el Espíritu Santo, y en Él y por Él nos hace también uno con todos los hombres que han sido, que son y que serán.

No solo nos pide que le recibamos, sino que esto sea de tal forma, que, haciéndonos una cosa con Él, también nosotros, llenándonos de vida divina, nos refrigeremos en sus manantiales eternos y seamos fuente de vida para los demás.

¡Misterio terrible el de la Comunicación de los Santos…! Por nuestra incorporación en Cristo estamos comunicando vida divina a las almas.

Dios quiere que entremos dentro de su misterio, que le escuchemos, que entendamos su conversación infinita y que sepamos todo lo que Él nos quiere decir; y como su dicho es obrar, será comunicarnos su vida divina y, a través nuestra, por ser Iglesia, comunicársela también a todas las almas.

Estás viviendo de Cristo, alma-Iglesia, y por ello tienes la gran responsabilidad de llenarte del «agua viva que salta hasta la vida eterna», para llevar a todos a los manantiales infinitos de la divina sabiduría.

¡Ay si pudiéramos decir: «El que tenga sed que venga a mí y beba…»! Y no es ninguna locura que lo dijéramos, puesto que el agua que salta del seno del Padre se derrama por Cristo en nosotros, haciéndonos por Él, con Él y en Él, manantiales de vida divina.

¡A ver si escuchamos más íntimamente el quejido de Cristo y, compenetrándonos más con Él, le consolamos…! Que no tenga que decirnos a nosotros también: «¡Tengo sed!»; sino que nos pueda decir, porque seamos de los que le hemos recibido: «¡Dame de beber!»; y al darle nuestro amor, le sepa a la vida divina que, por nuestra unión con Él, inunde nuestra alma…

Y así, acompañándole en su pasión, muramos, y podamos vivir nuestra resurrección con Cristo a la vida nueva que Él ha venido a traernos.

Caminemos hacia la Eternidad esperando la vuelta de Jesús, donde todos los que le han seguido se saciarán en los manantiales eternos de la Familia Divina… Y allí, viviendo con el Padre, por el Hijo, en la unión del Espíritu Santo, seamos Iglesia que cantemos eternamente las alabanzas de Dios en aquel seno de la Trinidad donde nos encontraremos con el alma de Cristo eternamente refrigerada, con María nuestra Madre en plenitud saturada, y con todos los Bienaventurados, que nunca más tendrán sed, porque están conociendo al Padre y al Espíritu Santo, en unión con Jesucristo.

Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia

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