Escrito de

la Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia,

del 31 de enero de 1967, titulado:

ENTRAR DENTRO, Y SALIR FUERA

¡Entrar dentro…! Entrar dentro de tu vida, del misterio insondable de tu Divinidad.

Entrar dentro, apoyada la cabeza en el pecho de Cristo, donde les son descubiertos a los pequeñuelos los secretos del Padre. Secretos que son dichos al alma que es llevada allí por María; secretos que van descubriendo, a través de la humanidad de Cristo, la Divinidad.

Pero hay que entrar dentro de Él mismo; y para entrar dentro, hay que salir fuera de nosotros.

Mira que digo: «entrar dentro de Él mismo», porque Cristo es, «Él mismo», la Divinidad. Y por eso, «Él mismo», que es la Palabra del Padre, se quedó con nosotros para decirnos su vida en canción infinita de amor.

Entrar dentro de Él, y salir fuera de nosotros. Salir fuera, porque el alma que está ocupada en sí, no tiene lugar para más; está tan ensimismada en sí misma, que no puede entrar dentro, ni ocuparse en ninguna cosa. Por eso, en la medida que hagamos silencio a nuestro yo, saliendo de nosotros mismos, y hagamos silencio al mundo y al demonio, entraremos donde Dios.

¡Hay que entrar dentro, en la profundidad del Infinito…!

Dios quiere comunicarse a todas las almas, pero hay un gran obstáculo que no nos deja penetrar en esa comunicación y es el pretexto que nos engaña a todos: es el de no tener tiempo para entrar dentro de la Palabra Eterna para que nos deletree su vida.

Hay que entrar dentro en la Eucaristía, pues podemos pasar muchos ratos de oración, y quedarnos fuera… Hay que entrar dentro de nuestra alma, donde Dios está con nosotros. Y hay que entrar dentro del secreto de la creación, donde Él nos habla en un grito de expresión reventando en manifestación creadora.

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Todas las criaturitas, animadas e inanimadas, están aguardando que nosotros demos a Dios la respuesta que, por nuestro medio, Él esperaba de ellas desde toda la Eternidad. Pues de las criaturas racionales, creadas para poseer al Infinito, no solo espera Dios su propia respuesta en donación amorosa, sino también la de la creación entera al descubrirle a Él en su hermosura a través de todas las criaturitas.

¡Qué grande es la creación…!, expresión magnífica de la voluntad infinita de los Tres, que quieren reflejarse en las criaturas, para que ellas canten su canción, cada una en su medida y en su manera…

Hay que entrar dentro y contemplar al Verbo dando su razón de ser a todas las cosas.

Hay que entrar dentro y contemplar el instante-instante en el cual el Padre, en un reventón de sabiduría infinita, está expresando, en realidad verificada por su Verbo, la creación, en el abrazo común del Espíritu Santo.

Hay que entrar dentro para saber interpretar la voluntad de Dios en cada cosa y saber dar a cada criaturita su razón de ser.

Y para entrar dentro de Dios siéndose y creando, hay que salir fuera de sí.

Dios necesita que dejemos nuestra manera humana de pensar, porque nuestro entendimiento tiene que adherirse al suyo para entender a lo divino. Nuestra voluntad tiene que hacerse una cosa con la voluntad infinita, para conocer los planes eternos de Dios; y todo en nosotros tiene que cambiar su colorido por el colorido divino, para poderlo interpretar.

Hay que entrar dentro del gran misterio de la Iglesia y profundizar en la donación que, a través de la Liturgia, Dios nos ha hecho… ¡Que el gran mal de la humanidad está en que nos quedamos fuera…!

¡Ni conocemos a Cristo, ni entramos en María, ni profundizamos en el misterio de la Divinidad, ni conocemos a Dios siéndose y creando…! Y lo peor de todo es que, sin saber la interpretación de cada cosa en su raíz, vamos dando interpretaciones humanas a los planes eternos de Dios, vamos poniendo nuestro matiz al matiz divino, y dando nuestra interpretación torcida a la manifestación creadora y efectuada de Dios sobre la creación.

Porque no entramos dentro y no salimos fuera, no conocemos a Dios en sí ni en sus planes, y mucho menos sabemos interpretarlos.

El confusionismo se va apoderando de todos y de todo, porque cada uno piensa según él, y no según Dios. En el colmo de la soberbia, a cada cual le parece mejor lo suyo que lo del otro, y entonces, no sólo no entendemos a Dios, sino que tampoco nos entendemos entre nosotros mismos.

Por eso, para poner a cada cosa en su sitio, hay que meterse dentro de Dios, y hay que salir fuera de nosotros. Pero como para vivir de Dios hay que morir a sí mismo, y eso cuesta tanto, se pueden contar las almas, aun las Consagradas, que entren dentro de Dios y salgan fuera de sí… Y también se pueden contar, por esa misma razón, los hombres que sepan dar una verdadera interpretación a Dios en sí y en sus planes.

Has de salir fuera de ti, y entrar dentro de Dios; y mientras no te decidas a lanzarte al encuentro del Infinito, no encontrarás tu razón de ser ni sabrás dar a las cosas su verdadero sentido.

Tú que tienes sed de hermosura, que experimentas en tu inteligencia ansias de conocer, que estás vacío ante el no ser que encuentras en lo creado, ¡lánzate al que se Es, sacrifica tu yo al Yo divino, y dile un «sí» al Infinito…!

Cualquiera que seas, el más sediento de felicidad y de plenitud, el más hambriento de descubrir y de investigar, si no entras dentro y sales fuera, estarás siempre sin saber la razón de ser del que se Es y de las cosas que por Él son.

Cristo te espera… ¡Cuántas veces Dios enseñó a mi alma para que te comunicara que tenías que entrar dentro para salir fuera! Hoy, nuevamente, en manifestación de la voluntad divina, te digo que, si no procuras entrar dentro de Cristo, de María y de la Iglesia, por una vida de profunda e intensa oración, de renuncia al yo, de salir fuera, te quedarás en el confusionismo y en el vacío de los que nunca supieron ni sabrán dar una explicación de Dios ni de sus planes.

En el seno de la Iglesia, dentro de su regazo calentito, a través de su enseñanza, por medio de la Liturgia, en tus ratos de oración, en la intimidad de tu alma, y en esas mil maneras que el Señor ha inventado para comunicársete, hoy te pido que entres dentro, y salgas fuera.

En el Sagrario la Palabra Eterna del Padre, como camino, te espera para enseñarte, como verdad, la verdad de todas las cosas, y para llenarte, como vida, de su realidad eterna.

¡Si supieras, alma querida, lo bueno que es saber a Dios, y vivir de Él y adentrarte en su misterio…!

Dios mío, dame saber entrar dentro, y salir fuera, para que mi sed de Eternidad, mis ansias de poseerte, mi urgencia por descubrirte, mi necesidad de interpretar la creación, mis capacidades insaciables e insaciadas todavía por no haberte conocido bien, se vayan llenando a fuerza de entrar dentro de Ti, y salir fuera de mí…

¡Oh, cómo necesito entrar dentro…! ¡Cómo ansío descubrir o redescubrir a Dios siendo su razón de ser y la mía…! ¡Cómo necesito ahondarme en el misterio de su sabiduría! ¡Cómo estoy sedienta y sin Agua, hambrienta y sin hartura, en necesidad de saberte a Ti en Ti, por Ti y sin mí…! Pero ante tu contemplación, me pongo yo delante, y entonces se hace como una nube que oscurece la luminosidad luminosa de tu vida ante mi mirada espiritual…

¡Dame, Señor, una y mil veces te lo pido, el entrar en Ti, y el salir de mí…!

Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia

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